Sobre «El vástago de la muerte» de Carlos Venegas

Foto de Carlos Venegas

Pues sí, el editor es el autor… también el maquetador, el diseñador de las cubiertas y el ilustrador, así que, como comprenderéis me resulta muy complicado ser imparcial, pues además este libro significó un antes y un después en mi vida, un faro capaz de poner en rumbo una existencia que hasta ese momento no daba más que tumbos. Y como el libro ya tiene solera, porque no es nuevo, y ya le han hecho reseñas y demás, pues creo que voy a contar el making of, jejeje.

Making of de El vástago de la muerte

Pues resulta que un día el alicatado del patio de mi casa se vino abajo tras una tormenta y no nos quedó otra que hacer obra. Estábamos en plena crisis y uno no andaba demasiado bien de trabajo, pero eso no se podía quedar así, por lo que decidimos hacer la reforma. Contratamos a los albañiles y nos pusimos a ello. Y todo parecía ir bien, la cosa avanzaba y tenía una pinta estupenda, pero no recuerdo por qué razón (algo relacionado con los arriates que comunicaban mi patio con el exterior creo que era) tenía que hablar con el presidente de la mancomunidad, una persona con la que no solía coincidir por el barrio, pero que, por azares del destino, tuve que encontrarme a la mañana siguiente de surgir el problema mientras iba a por unos sacos al coche.

La cuestión es que al salir vi a lo lejos que estaban paseando de buena mañana el susodicho y señora. Raudo me lancé en carrera vertiginosa, agitando los brazos pero sin gritar (menos mal) que era demasiado temprano. Había adelgazado unos kilos, me sentía levitar dentro de mi novedosa vitalidad de alma delgada, así que aceleré el ritmo, sin percatarme que detrás de un bordillo había un pequeño desnivel. Y ¡PAM!, galletón. Rodillas desolladas y esguince de los buenos. Aunque me dolía más la vergüenza. Decidí abortar la misión y replegar cual zombi de Thriller. Sentí como, a mi espalda, me miraban el presidente y señora, incluso que lo hacían con esa peculiar manera del que piensa: “Ese chico parece un poco rarito”.

En definitiva, que regresé a mi casa entre quejidos (que a uno le va el melodrama) y mareos. Cuando mi mujer me vio el pie no daba crédito. Corriendo a Urgencias. Y en Urgencias verificaron lo que nos temíamos: pedazo de esguince. Pues ahí estaba yo en el sofá sin poder levantarme y mi mujer, la pobretica, con toda la obra a las espaldas (al final los patios quedaron chulísimos). Total, que me aburría como una ostra y empecé a escribir, porque siempre me había encantado, pero que no hacía desde la época de universitario. Y las palabras se iban juntando de forma intuitiva, casi orgánica. Los dedos volaban por el teclado y la historia iba cobrando sentido en mi cabeza, encajando los personajes, los elementos, las tramas… como si siempre hubiese estado ahí, esperando a que me pegara la hostia de mi vida para salir a rescatarme del hastío.

Cartel promocional de El vástago de la muerte
Ya a la venta

Por aquel entonces trabajaba como ilustrador y portadista con una editorial, así que cuando llevaba unos cuantos capítulos se lo mandé a ver si le veían posibilidades. Y me dijeron que sí, que tenía muy buena pinta, que lo acabara y se lo mandara. Imaginaos, el subidón era tremendo, pero tenía que acabarlo antes de que estuviera en disposición de volver a trabajar, que no estaban las cosas como para priorizar ilusiones sobre realidades. Tenía que escribir un libro en menos de un mes. Pero daba igual, todo fluía, la historia encajaba con sentido y los personajes me encantaban cada uno en su rol. Luego descubriría lo que significa corregir un libro y las bofetadas sin mano que le dan a tu prosa.

Y lo conseguí. Terminé el libro y se lo mandé. A partir de ahí empezó el trabajo de correcciones y galeradas, de diseño de cubiertas y maquetado, de vueltas y más vueltas hasta estar borracho de mi propia historia. Hasta que, por fin, se publicó. Yo estaba tan arriba que pensaba que vendería por miles, pero la realidad del mundo editorial me fue poniendo en mi sitio sin demasiadas prisas, pero con la consistencia de un martillo pilón.

La moraleja

La experiencia fue brutal, la firma de mis primeros libros, los mensajes de gente que no conocías pero que lo habían comprado y que les había encantado, las reseñas, las entrevistas… Aunque no fue del todo completa, pues tengo miedo escénico y no me atreví a presentarlo (con la consecuente pérdida de ventas), lo mío siempre ha sido estar entre bambalinas. Sin embargo, la publicación de ese libro también me enseñó lo duro que tienes que trabajar, la presencia en las redes, la imagen, los carteles promocionales y todo lo que la editorial no hizo por mí. Me sentí desamparado en muchos sentidos, y fue esa sensación la que me hizo embarcarme en el mundo editorial, pues, si yo era capaz de hacer todo lo que se necesitaba para crear un libro y ponerlo a la venta, ¿por qué no hacerlo de la manera que consideraba era la mejor forma? Y en esas estamos, con humildad y trabajo duro, teniendo siempre presente que un libro no es un montón de palabras juntas, es una de las ilusiones más grandes que puede tener un ser humano y que no debe tratarse a la ligera, por pequeño que sea el proyecto, por absurda que pueda parecer la trama o poco culto el autor. Todo eso da igual, cuando ponen un texto en tus manos para que lo edites están poniendo un cofre lleno de sueños. Eso se merece el máximo respeto y que des el 150 % en cada trabajo.

Y esta, amiguitos, es la historia del making of de El vástago de la muerte, de como un hostión me convirtió en escritor y como la publicación de un libro me transformó en editor.  

Hazte con El vástago de la muerte

Portada de El vástago de la muerte

DISPONIBLE EN PAPEL:

Botón Podibooks con enlace a "Me respiré lo bueno del mundo" de Amalio González

DISPONIBLE EN EBOOK:

Carlos Venegas (CEO)

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