Sobre “Me respiré lo bueno del mundo”

«En este mundo sobran gilipollas y falta poesía» leí a alguien una vez hace mucho. No recuerdo cuánto, tampoco al dueño de esas palabras. Pero se me grabaron profundamente porque no hay verdad mayor. La decadencia de esta sociedad va de la mano de su insuficiente anhelo por el aprendizaje. Hay gilipollas por doquier y pocos poetas, y no me valen los cantantes de rima fácil, sino aquellos que hacen de la vida un continuo desfonde de su alma sobre el papel motivado por una incansable búsqueda de lo crudo o de lo bello. Porque si algo tiene la poesía es que quiere mirar al mundo de una forma más intensa, más hermosa. No importa que hable de miserias y horrores, siempre buscará la metáfora perfecta, la musicalidad y el ritmo, con ese lenguaje de sabor añejo que hoy parece en coma inducido y a la espera de que lo desenchufen. Entonces había alquimistas de la palabra, en la actualidad solo unos pocos elegidos consiguen oro puro, creando con la riqueza y la humildad del que se esfuerza afanoso con la meta de llegar a la suela de los zapatos de aquellos. Para el resto, quizá los más afortunados, lo más que conseguirán son obras bañadas con una leve pátina dorada. Pero eso da igual, hay un trasfondo en todo ello, algo que me hace admirar a los poetas, porque hoy, en este mundo gris, buscar la belleza es un acto profundamente admirable.

Fotografía de Amalio González, autor de "Me respiré lo bueno del mundo"
Foto de Amalio González

Y en esas se encuentra Amalio González, uno de esos viajantes que ha conocido más lugares en una sola vida de los que podemos conocer la mayoría de nosotros en unas cuantas. Y en cada viaje mil musas, algunas incluso de carne y hueso, pero sobre todo lugares que le inspiraban, colores, aromas y sabores que, según la civilización y la región geográfica, parecen de otros mundos. La luz, el clima, la comida, el sexo…, el mundo cambia según el lugar en el que estemos, incluso tiene en cuenta el lado del hemisferio, la altura sobre el nivel del mar, la humedad o la aridez.

«Este es un libro de poemas escritos durante mis viajes por el mundo a lo largo de los años, recorriendo los cuatro continentes más importantes: Europa, Asia, América y África.

Podríamos recurrir a una nueva palabra para definir estos relatos en verso de viajes, serían “poemajes” o poemas sobre viajes.

En ellos describo el mundo que veo a mi alrededor, generalmente idealizado por la distancia con respecto a mi país, mi visión algo romántica del mundo y la novedad de costumbres, vestuarios y formas de vida con que me encuentro».

Cartel publicitario de "Me respiré lo bueno del mundo"

Que los hombres de números no suelen estar a gusto con las letras y viceversa es un cliché, como demuestra este economista y Dealer bancario ya retirado. El arte y la literatura son como un ente vivo que recorre las venas de los elegidos sin mirar tendencias políticas, laborales o filosóficas, un ente universal que, si lo alimentas en abundancia de elementos inspiracionales como pueden ser lugares y culturas diferentes, es capaz de producir un tótum revolútum maravilloso en la cabeza del artista llevándole a un éxtasis creativo.

«En este deambular por un total de treinta y siete países pasamos del Oriente más misterioso, primitivo y colorido al mundo árabe más anclado en el pasado, pasando por la esperanza sin realizar del mundo negro. Y de ahí saltamos al mundo avanzado y dominante de Europa y América del Norte y sus alumnos de futuro, países del centro y sur de América.

Cuento historias grabadas en mi memoria, algunas vividas propiamente, otras, fruto de la observación de todo aquello que me rodeó, paisajes, gentes, monumentos, atracciones, etc.».

Todo ello concentrado, ya que la poesía vive de la esencia, pero con un ojo puesto en la narrativa, pues como el propio autor dice:

«Realmente cada poema es un pequeño relato o historia rimada, que lo convierte en una serie de versos que muestran la vida y los sentimientos que me produce la contemplación del mundo, tan bello, tan diferente, tan cruel y tan injusto a veces, pero sorprendente por su complejidad y su evolución a través de los tiempos».

En este mundo sobran gilipollas y falta poesía, cierto es, pero aún queda el consuelo de unos cuantos rebeldes que se resisten a la tiranía de la oscuridad. Dictadura esta que genera inmensas cantidades de odio, mediocridad, ignorancia, desprecio por el conocimiento y pereza para embarcarse en el arduo camino de buscar la belleza de lo cotidiano en los lugares más recónditos del mundo. Por suerte todavía quedan tipos como Amalio y obras como Me respiré lo bueno del mundo.

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Portada de "Me respiré lo bueno del mundo"

Carlos Venegas

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